Albatros sideral remonta centellas reflejo de las mareas del vacío.
Aleteos que trazan sus escrituras de
viento, entre hojuelas de luna desquebrajada, cuya luz sólo se reconstruye, con la
lenta mirada solar, único poeta, quien escribe con silencios de fuego que
destierran oscuridades.
©Lucía de Luna
Una emoción incapaz de competir con nada. Me gustó encontrar este tipo de mirada de estremecimientos sagrados, pero sin un dios. Gracias lucía.
ResponderEliminarUn devoto admirador de tus poemas.
Pocas palabras valen para mucho sentimiento
ResponderEliminarNombras el cielo, niña.
ResponderEliminarY las nubes pelean con el viento
y el espacio se vuelve
un transparente campo de batalla.
Olvidé la atribución: O. Paz (como ya sabes, pero para quien no). Su poesía, como la tuya, más que explicarla, se siente.
EliminarTendría menos de 13 años cuando leí este poema sin saber que era de Paz, porque era un libro forrado para intercambio de lectura en la escuela, después de haber leído el poema aún recuerdo que me pregunté ¿pero quién ha escrito esto tan bello? Y al revisar las primeras hojas descubrí que era Octavio Paz. A pesar del tiempo, este poema se mantienen dentro de mis favoritos como el Soneto V de Garcilaso, y el Polifemo de Góngora.
EliminarY aprovecho Arrop para agradecerte cada una de las frases tan bellas que tienes a bien dejarme en este espacio.
Gracias amigo, muchas gracias. ;)
Nombras el árbol, niña.
EliminarY el árbol crece, lento y pleno,
anegando los aires,
verde deslumbramiento,
hasta volvernos verde la mirada.
Nombras el cielo, niña.
Y el cielo azul, la nube blanca,
la luz de la mañana,
se meten en el pecho
hasta volverlo cielo y transparencia.
Nombras el agua, niña.
Y el agua brota, no sé dónde,
baña la tierra negra,
reverdece la flor, brilla en las hojas
y en húmedos vapores nos convierte.
No dices nada, niña.
Y nace del silencio
la vida en una ola
de música amarilla;
su dorada marea
nos alza a plenitudes,
nos vuelve a ser nosotros, extraviados.
¡Niña que me levanta y resucita!
¡Ola sin fin, sin límites, eterna!
Octavio Paz, "Niña" México:FCE,1988. pp.36-37.
Cara día recompone los cristales, que reflejaran su luz por la noche, pero ella los destruye al amanecer, para tenerlo a su lado, haciendo cristales.
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